Sobre Autol

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 FOTOS DE AUTOL.

 

Autol, La Rioja.

Con más de 4.500 habitantes, es el mayor núcleo de población de La Rioja después de las cabeceras de comarca. Situado a 458 metros sobre el nivel del mar, está bañado por la margen izquierda del río Cidacos, que choca aquí con la punta septentrional de la Sierra de Yerga, obligando al río a describir un amplio meandro alrededor del casco urbano de Autol.

Fruto de este encuentro, han surgido en la ribera del río dos formaciones geológicas de piedra arenisca erosionadas en la antigüedad por el río, y actualmente por el viento. Se les conoce con el nombre de Picuezo al más alto (42 metros) y Picueza a su compañera (28 metros). Multitud de leyendas han surgido alrededor de su formación pero todas coinciden en un robo, una mentira y su posterior conversión en piedra por jurar ante Dios y queres mantener su engaño.

Aparte de un recorrido cerca del singular paisaje que forman las dos moles rocosas, merece la pena visitar el casco viejo, con vestigios de su antiguo urbanismo árabe, sus casas blasonadas de los siglos XVII y XVIII, y sus edificios religiosos, entre los que destaca la Iglesia Parroquial de San Adrián, que comenzó a construirse en el siglo XVI. El edificio es de ladrillo y mampostería con adornos de estilo mudéjar sobre la portada, inspirada en un arco de triunfo. En su interior destacan los retablos barrocos de las capillas del Rosario y del Santo Cristo, la Virgen románica de Yerga y la sacristía, una de las mayores de La Rioja, con cajoneras de nogal que albergan un mundo de objetos religiosos y relativos al culto guardados celosa y ordenadamente.

No puede mencionarse Autol, sin una referencia a esas joyas de la Naturaleza. Maravillas geológicas, que admiran a los extraños y enorgullecen a los Catones: nuestros Picuezos. Los mágicos cinceles del tiempo, en una labor de siglos, han modelado esas misteriosas esfingues, protectoras de los Catones, mudos testigos de nuestra historia, al pie del guerrero Castillo y a orillas del “Padre Cidacos”.

Se trata de dos monolitos rocosos de 45 m. de alto, por unos 10 m. de diámetro el primero, y unos 30 m., la segunda. Al más alto, se le da el carácter varonil, otorgándole el nombre de Picuezo, y Picueza, por ser más pequeño, a su compañero. Hay, a su lado, una forma redondeada y plana, conocida como la Harinosa o la Torta y se dice que fue la causa de su conversión en dura roca por negarse, esta pareja, a compartir su pan con un pobre.

No obstante, la leyenda más difundida es la que cuenta que el Señor del Castillo poseía una viña muy especial, que daba exquisitas uvas, que alguien estaba robando. Una noche, el guarda sorprendió a una pareja que ocultaba algo en una cesta; les pidió que lo mostraran, sospechando que eran uvas, a lo que la pareja se negó y tentó al diablo diciendo: “que nos volvamos piedra, si son uvas lo que aquí llevamos”.

La maldición cayó sobre ellos por mentir, porque eran uvas del Señor lo que ocultaban. Cualquiera que fuera la causa de su conversión en piedra, esta pareja de enamorados sigue guardándose eterno amor y, en ocasiones, nocturnos paseantes los han sorprendido susurrando suaves palabras de amor. ¿O quizás es el viento?

Nadie lo sabe, como nadie conoce su origen o quién les dio esos nombres tan extraños. Lo cierto es que el río y la erosión del viento les ha dado forma de hombre y mujer o de “frailes capuchinos”, depende de los ojos con los que se mire. Ahí están sus nombres y formas, ambos extraordinarios.